jueves, 18 de septiembre de 2014

Capitulo 8

            —LO PRIMERO QUE aprenderéis hoy es a disparar. Lo segundo, a ganar en una pelea —dice Cuatro, y me pone una pistola en la mano sin mirarme antes de seguir caminando—. Por suerte, si estáis aquí, ya sabéis cómo subir y bajar de un tren en movimiento, así que no tengo que enseñar a hacerlo.
            No debería sorprenderme que en Osadía esperen que nos pongamos a trabajar de inmediato, aunque suponía que tendríamos más de seis horas para descansar antes de empezar con ello. estoy recién salida de la cama y todavía noto el cuerpo pesado.
            —La iniciación se divide en tres etapas. Mediremos vuestro progreso y os clasificaremos de acuerdo con vuestro rendimiento en cada una de ellas. Las etapas no tienen la misma importancia para determinar la clasificación final, así que es posible, aunque difícil, mejorar drásticamente la posición con el tiempo.
            Me quedo mirando el arma que tengo en la mano. Jamás había pensado que llegaría a tocar una, por no hablar ya de dispararla. Me parece peligrosa, como si con solo tocarla pudiera hacer daño a alguien.
            —Creemos que la preparación erradica la cobardia, la cual definimos como la incapacidad para actuar cuando se tiene miedo —dice Cuatro—. Por tanto, cada etapa de la iniciación está diseñada parar prepararos de una forma distinta. Lo esencial de la primera etapa es la parte física; de la segunda, la emocional; de la tercera, la mental.
            —Pero ¿qué…? —empieza a decir Peter, bostezando—. ¿Qué tiene que ver disparar un arma con… la valentía?
            Cuatro da una vuelta a la pistola en la mano, pone el cañón contra la frente de Peter y coloca una bala en la recámara. Peter se queda helado, con los labios entreabiertos y el bostezo a medias.
            —Despierta. Ya —le suelta Cuatro—. Llevas encima una pistola cargada, idiota. Actúa en consecuencia.
            El instructor baja el arma y, en cuanto la amenaza inmediata desaparece, los ojos verdes de Peter se vuelven más duros. Me sorprende que logre contener las ganas de responder, teniendo en cuenta que en Verdad ha dicho lo que ha querido toda su vida, pero lo hace, aunque con las mejillas rojas.
            —Y, en respuesta a tu pregunta…, es mucho menos probable que os ensuciéis los pantalones y lloréis llamando a vuestras mamás si estáis preparados para defenderos. —Cuatro se detiene al inicio de la fila y se da la vuelta—. Se trata de información que quizá necesitéis cuando llevemos más tiempo con la primera etapa. Así que observadme.
            Se pone de cara a la pared en la que está el blanco (un trozo cuadrado de contrachapado con tres círculos rojos para cada uno de nosotros). Abre un poco los pies, sostiene la pistola con ambas manos y dispara. El disparo hace tanto ruido que me duelen los oídos. Estiro el cuello para mirar al blanco: la bala ha atravesado el círculo del centro.
            Me vuelvo hacia mi diana. Mi familia nunca aprobaría que disparara un arma; dirían que, aparte de para actos de violencia, las armas son para defenderse y, por tanto, sería egoísta usarlas.
            Los aparto de mi cabeza, abro las piernas al ancho de mis hombros y rodeo delicadamente con ambas manos la culata. Es pesada y me cuesta apartarla del cuerpo, pero la quiero tener lo más lejos posible de la cara. Aprieto el gatillo, primero con vacilación y después más fuerte, y el retroceso empuja mis manos hacia atrás, hacia mi nariz. Me tambaleo y me apoyo en la pared que tengo detrás para mantener el equilibrio. No sé adónde ha ido la bala, pero seguro que ni se ha acercado al blanco.
            Disparo una y otra vez, y ninguna de las balas se acerca.
            —En términos estadísticos —dice el chico erudito que tengo al lado, Will, sonriente—, ya deberías haberle dado al blanco al menos una vez, aunque fuera por accidente.
            Es rubio, desgreñado y tiene una arruga entre las cejas.
            —¿Ah, sí? —respondo, en tono neutro.
            —Sí. Creo que estás desafiando a la naturaleza.
            Aprieto los dientes y me vuelvo hacia la diana y, esta vez, estoy lista para el retroceso. Las manos se me mueven un poco hacia atrás, pero mis pies se quedan fijos en el suelo. Un agujero de bala aparece en el borde del blanco, así que arqueo una ceja y miro a Will.
            —¿Ves? Tenía razón: las estadísticas no mienten —comenta.
            Sonrío un poco.
            Vacío cinco cargadores para dar en el centro del blanco y, cuando lo hago, noto que me recorre una corriente de energía. Estoy despierta, con los ojos muy abiertos y las manos calientes. Bajo la pistola. Controlar algo que puede causar tanto daño hace que te sientas poderoso; bueno, controlar algo, punto.
            Quizá haya encontrado mi lugar.
            Cuando paramos para la comida, me duelen los brazos de sostener la pistola y me cuesta estirar los dedos. Los masajeo de camino al comedor. Christina invita a Al a sentarse con nosotras. Cada vez que lo miro oigo sus sollozos, así que intento no mirarlo.
            Muevo los guisantes de un lado a otro del plato y pienso de nuevo en las pruebas de aptitud. Cuando Tori me advirtió que ser divergente era peligroso, me sentí como si me lo hubieran grabado en la cara, como si alguien fuera a verlo si daba cualquier diminuto paso en falso. Hasta el momento no he tenido ningún problema, pero eso no quiere decir que me sienta a salvo. ¿Y si bajo la guardia y sucede algo horrible?
            —Oh, venga, ¿no te acuerdas de mí? —pregunta Christina a Al mientras se prepara un sándwich—. Estábamos juntos en mates hace unos días, y no soy de las que se callan.
            —Me pasaba dormido casi toda la clase de mates —responde Al—. ¡Era la primera hora!
            ¿Y si el peligro no aparece pronto? ¿Y si surge dentro de muchos años y no lo veo venir?
            —Tris —dice Christina, y chasquea los dedos delante de mi cara—. ¿Estás ahí?
            —¿Qué? ¿Qué pasa?
            —Te he preguntado si recuerdas haber estado en clase conmigo —responde—. Bueno, sin ánimo de ofender, yo seguramente no te recordaría. Todos los de Abnegación me parecíais iguales. En fin, me lo siguen pareciendo, pero ahora tú no eres uno de ellos.
            Me quedo mirándola; como si necesitara que me lo recordase.
            —Lo siento, ¿he sido grosera? Estoy acostumbrada a decir lo que se me ocurre. Mi madre decía que la educación es un engaño envuelto en bonito papel de regalo.
            —Creo que por eso nuestras facciones no se relacionan mucho —respondo, soltando una breve carcajada.
            Verdad y Abnegación no se odian como Erudición y Abnegación, pero sí que se evitan. El auténtico problema de Verdad es con Cordialidad. Según Verdad, los que buscan la paz por encima de todo siempre engañarán para mantener las aguas tranquilas.
            —¿Me puedo sentar aquí? —pregunta Will, dando unos golpecitos en la mesa con el dedo.
            —¿Y eso? ¿No quieres comer con tus amigos eruditos? —dice Christina.
            —No son mis amigos —responde Will, dejando el plato sobre la mesa—. Solo porque estuviéramos en la misma facción no quiere decir que nos llevemos bien. Además, Edward y Myra están saliendo, y preferiría no ser el que aguanta las velas.
            Edward y Myra, los otros trasladados de Erudición, están sentados a dos mesas de nosotros, tan cerca el uno del otro que se dan codazos mientras cortan la comida. Myra se detiene para besar a Edward. Los observo atentamente; en toda mi vida he visto muy pocos besos.
            Edward se vuelve y besa a Myra en los labios. Dejo escapar el aire entre los dientes y aparto la mirada. Parte de mí quiere que los regañen, mientras que otra parte se pregunta, con una pizca de desesperación, qué se sentirá al notar los labios de otra persona en los tuyos.
            —¿Tienen que hacerlo en público? —pregunto.
            —Si solo lo ha besado… —dice Al, frunciendo el ceño; cuando frunce el ceño, sus gruesas cejas le tocan las pestañas—. Tampoco es que se estén desnudando.
            —No está bien besarse en público.
            Al, Will y Christina dedican la misma sonrisa de complicidad.
            —¿Qué? —pregunto.
            —Se te ve la Abnegación —dice Christina—. A los demás no nos importa mostrar un poquito de afecto en público.
            —Ah —respondo, encogiéndome de hombros—. Bueno…, supongo que tendré que superarlo.
            —O puedes seguir siendo frígida —dice Will con un brillo malvado en los ojos—. Ya sabes, si quieres.
            Christina le tira un panecillo; él lo agarra y lo muerde.
            —No seas malo con ella —le pide la chica—. La frigidez es parte de su naturaleza. Igual que para ti ser un sabelotodo.
            —¡No soy frígida! —exclamo.
            —No te preocupes —dice Will—, resulta atractivo. Mira, te has puesto roja.
            El comentario solo sirve para que me ponga más roja todavía. Todos los demás se ríen. Yo me obligo a reír y, al cabo de unos segundos, la risa me sale sola.
            Sienta bien volver a reír.
            Después de la comida, Cuatro nos lleva a otra sala. Es enorme, tiene un suelo de madera que chirría y está lleno de grietas, con un gran círculo pintado en el centro. En la pared de la izquierda hay un tablero verde: una pizarra. Mis profesores de Niveles Inferiores usaban una, aunque no las había visto desde entonces. Quizá tenga algo que ver con las prioridades de Osadía: lo primero el entrenamiento, después viene la tecnología.
            Nuestros nombres están escritos en la pizarra por orden alfabético. Colgados a intervalos de un metro a lo largo del fondo de la sala hay unos sacos de arena de color negro desteñido.
            Nos ponemos en fila detrás de ellos, y Cuatro se pone en el centro, donde todos podamos verlo.
            —Como dije esta mañana, ahora aprenderéis a pelear. El objetivo es prepararos para actuar; preparar vuestros cuerpos para que respondan a las amenazas y a los desafíos…, cosa que necesitaréis si pretendéis sobrevivir como miembro de Osadía.
            Ni siquiera puedo pensar en vivir como miembro de Osadia. Solo soy capaz de pensar en superar la iniciación.
            —Hoy repasaremos la técnica y mañana empezaréis a luchar entre vosotros —dice Cuatro—. Así que os recomiendo que prestéis atención. Los que no aprendan deprisa acabarán heridos.
            Cuatro nombra unos cuantos tipos de golpes y hace una demostración de cada uno de ellos, primero en el aire y después contra el saco de arena.
            Voy pillándolo mientras practicamos. Como con la pistola, necesito unos cuantos intentos para averiguar cómo mantenerme en pie y mover mi cuerpo como lo hace él. Las patadas son lo más difícil, aunque solo nos enseña lo básico. El saco de arena me deja las manos y los pies doloridos, me pone la piel roja y apenas se mueve, por muy fuerte que lo golpee. A mi alrededor oigo el sonido de piel contra tela.
            Cuatro da vueltas entre los iniciados para observarnos mientras repetimos los movimientos. Cuando se detiene frente a mí se me retuercen las entrañas como si alguien las agitara con un tenedor. Se me queda mirando, me observa de pies a cabeza sin detenerse en ninguna parte: una mirada práctica y científica.
            —No tienes mucho músculo —dice—, lo que significa que será mejor que utilices las rodillas y los codos. Puedes darles más potencia.
            De repente me pone una mano en el estómago. Tiene unos dedos tan largos que, aunque la muñeca me toca un lado de las costillas, las puntas de los dedos llegan al otro lado. El corazón me late tan fuerte que me duele el pecho, y me quedo mirando al instructor con los ojos muy abiertos.
            —Nunca olvides mantener la tensión aquí —dice en voz baja.
            Después levanta la mano y sigue andando. Sigo notando la presión de su palma. Es extraño, pero tengo que detenerme a respirar unos segundos antes de seguir practicando.
            Cuando Cuatro nos deja salir para la cena. Christina me da un codazo.
            —Me sorprende que no te haya partido por la mitad —dice, arrugando la nariz—. Ese tío me aterra, es por ese acento de voz tan bajito.
            —Sí, es de los que… —empiezo a responder, volviendo la vista para mirarlo; es tranquilo y muy sereno, pero no temía que me hiciera daño—, …de los que intimidan, está claro.
            Al, que estaba delante de nosotras, se vuelve cuando llegamos al Pozo y anuncia:
            —Quiero un tatuaje.
            Desde detrás de nosotros, Will pregunta:
            —¿Un tatuaje de qué?
            —No lo sé —responde Al, riéndose—. Solo quiero sentir que de verdad he dejado atrás la antigua facción. Dejar de llorar por ella —explica; como no respondemos añade—: Sé que me habéis oído.
            —Sí, aprende a no hacer tanto ruido, ¿vale? —dice Christina, pinchando con el dedo el grueso brazo de Al—. Creo que tienes razón. Ahora mismao estamos medio dentro, medio fuera. Si queremos entrar del todo, deberíamos tener el aspecto adecuado.
            Me echa una mirada.
            —No, no me voy a cortar el pelo —le aseguro—, ni tampoco pienso teñírmelo de un color extraño. Ni me voy a agujerear la cara.
            —¿Y el ombligo? —pregunta.
            —¿O el pezón? —sugiere Will, resoplando.
            Suelto un gruñido.
            Como hemos terminado el entrenamiento del día podemos hacer lo que queramos hasta la hora de dormir. La idea me marea un poco, aunque quizá sea el cansancio.
            El Pozo está lleno de gente. Christina anuncia que nos reuniremos con Al y Will en el estudio de tatuaje y me arrastra hacia el local de ropa. Vamos dando tumbos por el camino, subiendo cada vez más por encima del suelo del Pozo, desperdigando piedras con los zapatos.
            —¿Qué le pasa a mi ropa? —pregunto—. Ya no voy de gris.
            —Es fea y gigantesca —responde, suspirando—. ¿Me dejas que te ayude? Si no te gusta lo que te elijo, te prometo que no tendrás que volver a ponértelo.
            Diez minutos después estoy delante de un espejo en el local de la ropa con un vestido negroq ue me llega a la rodilla. la falda no es de vuelo, aunque tampoco se me pega a los muslos…, a diferencia de la primera que me había elegido y que yo me negué a vestir. Se me pone de punta el vello de los brazos desnudos. Ella me quita la goma que me sujeta el pelo y deshace la trenza, así que la melena ondulada me cae sobre los hombros.
            Después saca un lápiz negro.
            —Lápiz de ojos —explica.
            —No vas a conseguir que parezca guapa, te lo advierto.
            Cierro los ojos y me quedo quieta. Ella me pasa la punta del lápiz por el filo de las pestañas. Me imagino que estoy delante de mi familia así vestida y noto un nudo en el estómago, como si fuera a vomitar.
            —¿A quién le importa parecer guapa? Lo que pretendo es que se te vea.
            Abro los ojos y, por primera vez, miro abiertamente mi reflejo. El corazón se me acelera al hacerlo, como si estuviera rompiendo las reglas y esperara la reprimenda. será difícil superar los hábitos inculcados por Abnegación, como tirar de un solo hilo dentro de un intrincado bordado. Sin embargo, encontraré hábitos nuevos, ideas nuevas, reglas nuevas. Me convertiré en otra cosa.
            Antes tenía los ojos azules, pèro de un azul apagado y grisáceo; el lápiz de ojos los ha convertido en ojos penetrantes. Con el pelo enmarcándome la cara, mis rasgos resultan más suaves y más redondos. No soy guapa (tengo los ojos demasiado grandes y la nariz demasiado larga), pero veo que Christina tiene razón: ahora se me ve.
            Mirarme en estos momentos no es como mirarme por primera vez; es como mirar a otra persona por primera vez. Beatrice era una chica a la que veía en unos momentos robados frente al espejo, que guardaba silencio en la mesa. esta persona es alguien que reclama atención y no la suelta; esta es Tris.
            —¿Ves? —dice Christina—. Estás… llamativa.
            Dadas las circunstancias, es el mejor cumplido que podría haberme hecho. Le sonrío en el espejo.
            —¿Te gusta? —pregunta.
            —Sí —respondo—. Parezco… otra persona.
            —¿Y eso es bueno o malo? —pregunta ella, entre risas.
            Me miro de nuevo; de frente. Por primera vez, la idea de dejar atrás mi identidad de Abnegación no me pone nerviosa, sino que me da esperanza.
            —Bueno —aseguro, y sacudo la cabeza—. Lo siento, es que nunca me han dejado mirarme tanto tiempo en el espejo.
            —¿En serio? —dice Christina, sacudiendo la cabeza—. Abnegación es una facción extraña, permite que te lo diga.
            —Vamos a ver cómo tatúan a Al —respondo; a pesar de haber dejado atrás a mi antigua facción, todavía no quiero criticarla.
            En casa, mi madre y yo elegíamos idénticos montones de ropa cada seis meses, aproximadamente. Es fácil asignar recursos cuando todos tienen los mismo, pero en el complejo de Osadía hay mucha más variedad. Cada osado tiene un número de puntos que puede gastar al mes, y el vestido me cuesta uno de ellos.
            Christina y yo corremos por el estrecho sendero hacia el estudio de tatuajes. Cuando llegamos, Al ya está sentado en la silla, y un hombre bajo y delgado que tiene más tinta que piel desnuda está dibujándole una araña en el brazo.
            Will y Christina ojean los libros de dibujos, y se dan codazos cuando encuentran uno bueno. viéndolo así, sentados juntos, me doy cuenta de lo distintos que son: Christina, alta y oscura, y Will, pálido y macizo, aunque los dos se parecen en la facilidad con la que sonríen.
            Doy vueltas por la habitación mirando el arte de las paredes. Estos días solo se encuentran artistas en Cordialidad. Abnegación considera el arte como algo poco práctico, y contemplarlo como un tiempo perdido que podría emplearse en ayudar a los demás, así que, aunque he visto obras de arte en los libros de texto, nunca había estado en un cuarto con decoración. Hace que el aire resulte cercano y cálido, y podría pasarme horas aquí dentro sin darme cuenta. Recorro la pared con la punta de los dedos. La imagen de un halcón me recuerda el tatuaje de Tori; debajo hay un bosquejo de un pájaro volando.
            —Es un cuervo —dice una voz detrás de mí—. Bonito, ¿verdad?
            Me vuelvo y veo a Tori. es como si estuviera otra vez en la sala de la prueba de aptitud, con los espejos a mi alrededor y los cables conectados a la frente. No esperaba volver a verla.
            —Vaya, hola —me saluda, sonriendo—. Creía que no volvería a verte. Beatrice, ¿no?
            —Tris, en realidad —respondo—. ¿Trabajas aquí?
            —Sí, solo me tomé unos días libres para encargarme de las pruebas. Paso aquí casi todos el tiempo —responde, y se da unos golpecitos en la barbilla—. Reconozco ese nombre: fuiste la primera saltadora, ¿no?
            —Sí.
            —Bien hecho.
            —Gracias —respondo, y toco el bosquejo del pájaro—. Mira, tengo que hablar de… —me detengo, y miro a Will y Christina; ahora no puedo arrinconar a Tori, me harían preguntas— …una cosa. En otro momento.
            —No sé si sería sensato —responde en voz baja—. Te ayudé todo lo que pude y ahora tendrás que seguir sola.
            Frunzo los labios. Ella tiene respuestas, lo sé. Si no me las da ahora, encontraré la forma de que me las dé en otra ocasión.
            —¿Quieres un tatuaje? —me pregunta.
            El dibujo del pájaro me llama la atención. No quería hacerme un piercing ni tatuajes cuando llegué. Sé que, si lo hago, me separaré un poco más de mi familia, una separación que nunca podré resolver. Y si mi vida aquí continúa como hasta ahora, puede que no sea lo más importante que nos separe.
            Pero entiendo lo que me contó Tori, que su tatuaje representaba un miedo que había superado, un recordatorio de lo que era y un recordatorio de lo que es ahora. Quizá haya una forma de honrar mi antigua vida a la vez que abrazo la nueva.
            —Sí —respondo—. Tres de estos pájaros volando.
            Me toco la clavícula y marco la trayectoria de su vuelo: hacia el corazón. Uno por cada miembro de la familia que he dejado atrás.


Capitulo 9

            —COMO SOIS impares, uno de vosotros no peleará hoy —dice Cuatro, y da un paso atrás para apartarse de la pizarra de la sala de entrenamiento; me mira: el espacio junto a mi nombre está en blanco.
            Se me deshace el nudo del estómago; un respiro.
            —Esto no es bueno —dice Christina, y me da un codazo.
            Su codo me da en uno de mis músculos doloridos (esta mañana tengo más músculos doloridos que no doloridos) y pongo una mueca.
            —Ay.
            —Perdona. Pero mira, me toca contra el Tanque.
            Christina y yo nos sentamos juntas en el desayuno, y antes de eso me sirvií de pantalla del resto de dormitorio para que me cambiara. Nunca había tenido una amiga como ella. Susan era más amiga de Caleb que mía, y Robert solo iba donde iba Susan.
            Supongo que, en realidad, nunca he tenido un amigo, punto. Es imposible mantener una amistad real cuando nadie cree poder aceptar ayuda y ni siquiera habla de sus cosas. Eso no me pasará aquí. Ya sé más de Christina de lo que sabía de Susan, y la conozco desde hace dos días.
            —¿El Tanque? —pregunto; busco el nombre de Christina en la pizarra y veo que al lado está el de Molly.
            —Sí, de los seguidores de Peter, la que es ligeramente más femenina —responde, señalando con la cabeza el grupo de gente del otro lado de la sala.
            Molly es igual de alta que Christina, pero ahí acaba el parecido. La otra chica tiene hombros anchos, piel bronceada y nariz protuberante.
            —Esos tres —dice Christina, señalando a Peter, Drew y Molly— son inseparables desde que salieron del vientre materno, prácticamente. Los odio.
            Will y Al están frente a frente en la arena. Suben las manos a la altura de la cara para protegerse, como nos enseñó Cuatro, y van moviéndose en círculo. Al es unos quince centímetros más alto que Will y dos veces más ancho. Al mirarlo me doy cuenta de que incluso sus rasgos faciales son grandes: nariz grande, labios grandes, ojos grandes. la pelea no durará mucho.
            Miro a Peter y sus amigos. Drew es más bajo que Peter y que Molly, aunque si complexión es la de una roca y va siempre encorvado. Tiene el pelo rojo anaranjado, como una zanahoria pasada.
            —¿Qué tienen de malo? —pregunto.
            —Peter es pura maldad. Cuando éramos pequeños, buscaba pelea con los chicos de otras facciones y después, cuando aparecía un adulto para separarlos, lloraba y se inventaba una historia para echarle la culpa a otro chico. Y, por supuesto, se lo creían porque era un veraz y no podía mentir. Ja, ja —explica Christina, arrugando la nariz—. Drew no es más que su compinche. Seguro que no tiene ni un pensamiento independiente en el cerebro. Y Molly… es la clase de personas que fríe hormigas con una lupa para ver como mueren.
            En la arena, Al le da un buen puñetazo a Will en la mandíbula. Hago una mueca. Al otro lado de la sala, Eric sonríe con satisfacción y mira a Al, para después darle una vuelta a uno de los anillos de su ceja.
            Will se tambalea haci un lado con una mano apretándole la cara y boquea el siguiente puñetazo de al con la mano libre. A juzgar por su mueca, bloquear el golpe le ha resultado tan doloroso como el golpe en sí. Al es lento, pero muy fuerte.
            Peter, Drew y Molly nos lanzan miradas furtivas, y se ponen a susurrar juntando sus cabezas.
            —Creo que saben que estamos hablando de ellos —digo.
            —¿Y? Ya saben que los odio.
            —¿Lo saben? ¿Cómo?
            Christina finge sonreírles y los saluda con la mano. Yo bajo la mirada, tengo las mejillas ardiendo. De todos modos, no debería cotillear, cotillear es una falta de moderación.
            Will engancha con un pie la pierna de Al y tira de ella, tirándolo al suelo. Al se pone de pie como puede.
            —Porque se lo he dicho —responde Christina apretando los dientes, aunque sin dejar de sonreír; sus dientes son rectos arriba y torcidos abajo-. En verdad intentamos ser muy sinceros con nuestros sentimientos —explica, mirándome—. Muchas personas me han dicho que no les caigo bien, y otras mucho no lo han hecho. ¿A quién le importa?
            —Es que nosotros… Se supone que nosotros no debemos hace daño a los demás.
            —Me gusta pensar que odiándolos les ayudo. Les recuerdo que no son un regalo de Dios a la humanidad.
            Me río un poco antes de volver a concentrarme en la arena. Will y Al se quedan mirándome unos segundos, más vacilantes que antes. Will se aparta de los ojos un pálido mechón de pelo. Miran a Cuatro como si esperaran que detuviera ya la pelea, pero el instructor está de brazos cruzados y no dice nada. A unos cuantos metros de él, Eric mira la hora en su reloj.
            Al cabo de unos segundos dando vueltas, Eric grita:
            —¿Creéis que esto es para divertirnos un rato? ¿Os toca ya el descanso de la siesta, niñitos? ¡Luchad de una vez!
            —Pero… —responde Al, enderezándose y bajando las manos—. ¿Vamos por puntos o algo? ¿Cuándo acaba la pelea?
            —Acaba cuando uno de los dos no puede seguir —contesta Eric.
            —De acuerdo con las reglas de Osadía —añade Cuatro-, también es posible que uno de los dos se rinda.
            —eso es de acuerdo con las antiguas reglas —lo corrige Eric, entrecerrando los ojos—. De acuerdo con las nuevas reglas, nadie se rinde.
            —Los valientes saben reconocer la fuerza de los demás —contesta Cuatro.
            —Los valientes nunca se rinden.
            Cuatro y Eric se quedan mirando unos segundos. Me siento como si estuviera viendo dos tipos distintos de osados: el honorable y el despiadado. Sin embargo, incluso yo sé que en esta sala es Eric, el líder más joven de Osadía, el que ostenta la autoridad.
            La frente de Al está perlada de sudor; se lo limpia con el dorso de la mano.
            —Esto es ridículo —protesta, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué sentido tiene darle una paliza? ¡Estamos en la misma facción!
            —Ah, ¿tan fácil crees que va a ser? —pregunta Will, sonriendo—. Venga, intenta pegarme, tortuga.
            Will levanta de nuevo las manos; veo en su cara una resolución que no estaba ahí antes. ¿De verdad cree que puede ganar? un solo golpe a la cabeza y Al lo dejará K.O.
            Claro que para eso tiene que conseguir darle. Al intenta hacerlo, pero Will se agacha; tiene la nuca reluciente de sudor. esquiva otro puñetazo, rodea a Al y le da una fuerte patada en la espalda. Al se inclina un poco y se da la vuelta.
            Cuando era más pequeña leí un libro sobre osos pardos. Había una imagen de uno de pie sobre las patas traseras, con las zarpas extendidas, rugiendo. Es el aspecto que tiene Al en estos momentos. carga contra Will agarrándolo del brazo para que no se escape y le da un puñetazo en la mandíbula.
            La luz desaparece de los ojos de Will, que son verde pálido, como el apio. Se le ponen en blanco y su cuerpo se relaja, cayendo al suelo como un peso muerto. noto una corriente fría en la espalda que me llega hasta el pecho.
            Al abre mucho los ojos, se agacha junto a Will y le da en la mejilla con la mano. La sala guarda silencio, esperando la reacción de Will. Durante unos segundos no responde, se queda tirado en el suelo con el brazo tirado bajo él. Entonces parpadea, claramente aturdido.
            —Levántalo —dice Eric.
            El líder mira con avidez el cuerpo caído de Will, como si la imagen fuese una comida y él llevara varias semanas en ayunas. Tuerce los labios en una mueca cruel.
            Cuatro se vuelve hacia la pizarra y rodea con un círculo el nombre de Al. Victoria.
            —Los siguientes: ¡Molly y Christina! —grita Eric.
            Al se echa el brazo de Will al hombro y lo saca de la arena.
            Christina hace crujir sus nudillos. Le deseo buena suerte, aunque no sé si eso servirá de algo. Christina no es débil, pero es mucho menos robusta que Molly. Con suerte, la altura la ayudará.
            Al otro lado de la sala, Cuatro sujeta a Will por la cintura y lo saca fuera. Al se queda un momento junto a la puerta, observándolos.
            Que Cuatro se marche me pone nerviosa, porque dejarnos con Eric es como contratar a una niñera que se entretiene afilando cuchillos.
            Christina se mete el pelo detrás de las orejas. Lo lleva a la altura de la barbilla, sujeto con horquillas plateadas. Hace crujir otro nudillo, parece nerviosa, y con razón: ¿quién no lo estaría después de ver a Will desmayarse como si fuera un muñeco de trapo?
            Si los conflictos en Osadía acaban cuando solo uno queda en pie, no estoy muy segura de lo que supondrá para mí esta parte de la iniciación. ¿Seré como Al, de pie sobre el cuerpo de alguien, sabiendo que soy la que lo ha derribado? ¿O como Will, tirado en el suelo sin poder moverse? ¿Y es egoísta por mi parte desear la victoria? ¿O es valiente? Me limpio el sudor de las manos en los pantalones.
            Vuelvo a prestar atención a la pelea cuando Christina le da una patada en el costado a Molly, que ahoga un grito y aprieta los dientes como si estuviera a punto de gruñir entre ellos. Un rizo de grasiento pelo negro le cae en la cara, pero no se lo aparta.
            Al está a mi lado, pero estoy demasiado concentrada al la pelea como para mirarle o para felicitarlo por ganar, suponiendo que sea eso lo que quiera. No estoy segura.
            Molly dirige a Christina una sonrisa de suficiencia y, sin previo aviso, se lanza con las manos extendidas hacia su abdomen. Le da con fuerza, la derriba y la sujeta en el suelo. Christina se revuelve, pero Molly pesa mucho y no se mueve.
            Molly le da un puñetazo y Christina aparta la cabeza, pero la otra chica sigue pegando una y otra vez hasta que su puño conecta con la mandíbula de Christina, con su nariz, con su boca. Sin pensar, agarro el brazo de Al y lo aprieto con todas mis fuerzas porque necesito sujetarme. La sangre corre por la cara de Christina y salpica el suelo, al lado de su mejilla. Es la primera vez que rezo para que alguien se desmaye.
            Sin embargo, no lo hace. Christina grita, se suelta de un brazo y le da un puñetazo a Molly que la desequilibra. Consiguen liberarse y se pone de rodillas, sujetándose la cara con una mano. La sangre que le cae de la nariz es espesa y oscura, y le cubre los dedos en segundos. Grita otra vez y se aleja a rastras de Molly. Por cómo mueve los hombros , sé que está llorando, aunque apenas le oigo por culpa del latido de la sangre en mis oídos.
            «Por favor, desmáyate.»
            Molly da una patada a Christina en el costado, tirándola de espaldas. Al saca la mano del brazo que tengo agarrada y me acerca más a él. Aprieto los dientes para no gritar. La primera noche no sentí ninguna pena por Al, pero todavía no soy tan cruel; ver a Christina agarrándose las costillas hace que desee ponerme entre las dos.
            —¡Para! —gime Christina cuando Molly levanta el pie para darle otra patada; levanta una mano—. ¡Para!No puedo… —se interrumpe para toser—. No puedo más.
            Molly sonríe y yo suspiro, aliviada. Al suspira también, noto sus costillas subiendo y bajando contra mi hombro.
            Eric se acerca al centro de la arena muy despacio y se queda al lado de Christina, cruzando los brazos.
            —Perdona, ¿qué has dicho? ¿Qué no puedes más?
            Christina consigue ponerse de rodillas. Cuando levanta la mano del suelo deja una huella roja. Se pellizca la nariz para parar la sangre y asiente con la cabeza.
            —Levántate —dice Eric.
            Si hubiera gritado, quizá no me sentiría como si fuera a echar todo el contenido de mi estómago. si hubiera gritado, habría sabido que gritar era lo que peor que pensaba hacer. Pero habla en voz baja y con palabras precisas; después agarra por el brazo a Christina, la pone de pie y la arrastra al exterior de la sala.
            —Seguidme —nos dice a los demás.
            Y lo hacemos.
            Noto el rugido del río en el pecho.
            Nos ponemos cerca de la barandilla. El Pozo está casi vacío; es por la tarde, aunque tengo la sensación de llevar varios días en una noche continua.
            Si hubiera personas alrededor, dudo que alguna ayudara a Christina. En primer lugar, estamos con Eric; en segundo, en Osadía se rigen por unas normas distintas, y la brutalidad no infringe esas normas.
            Eric empuja a Christina contra la barandilla.
            —Trépala —le ordena.
            —¿Qué? —responde ella, como si esperase que Eric cediera, aunque sus ojos abiertos como platos y su rostro ceniciento indiquen lo contrario: sabe que Eric no cederá.
            La barandilla es estrecha y metálica, y está cubierta por el agua del río, lo que hace que resulte resbaladiza y fría. Aunque Christina sea lo bastante valiente como para quedarse cinco minutos colgada de ella, puede que no consiga sujetarse. O decide quedarse sin facción o se arriesga a morir.
            Cuando cierro los ojos, me la imagino cayendo sobre las rocas puntiagudas del fondo y me estremezco.
            —Vale —dice ella con voz temblorosa.
            Su altura le permite pasar la pierna por encima de la barandilla, aunque le tiembla el pie. Apoya el dedo gordo en el saliente para pasar la otra pierna por encima. De cara a nosotros, se limpia el sudor de las manos en los pantalones y se sujeta con tanta fuerza a la barandilla que se le ponen blancos los nudillos. Después baja un pie del saliente; y el otro. Le veo la cara entre los barrotes de la barrera; está decidida, tiene los labios bien apretados.
            A mi lado, Al pone el cronómetro de su reloj en marcha.
            Christina resiste bien el primer minuto y medio. Agarra con manos firmes la baranda y no le tiemblan los brazos. Empiezo a pensar que quizá no le tiemblan los brazos. Empiezo a pensar que quizá lo consiga y logre demostrar a Eric lo tonto que ha sido por dudar de ella.
            Pero, entonces, el río da contra la pared y el agua salpica la espalda de Christina, que se da de cara contra la barrera y grita. Se le resbalan las manos hasta que solo se sujeta con las puntas de los dedos. Intenta agarrarse mejor, pero ahora tiene las manos húmedas.
            Si la ayuda, Eric me condenaría al mismo destino. ¿La dejaré matarse o me resignaré a quedarme sin facción? Peor aún: ¿es mejor no hacer nada mientras alguien muere o ir al exilio con las manos vacías?
            A mis padres no les costaría responder.
            Sin embargo, no soy como mis padres.
            Por lo que sé. Christina no ha llorado desde que estamos aquí, pero ahora se le descompone el rostro y deja escapar un sollozo más fuerte que el rugido del río. Otra ola golpea la pared, y el agua le salpica el cuerpo. Una de las gotitas me da en la mejilla. Se le vuelven a resbalar las manos y, esta vez, una de ellas cae del pasamanos; Christina se queda colgando de cuatro dedos.
            —Vamos, Christina —la anima Al con su voz grave, en un tono sorprendentemente alto; ella lo mira y él aplaude—. Venga, agárrate otra vez. Puedes hacerlo, agárrate.
            ¿Sería yo lo bastante fuerte como para sujetarla? ¿Merecería la pena el esfuerzo de intentar ayudarla si, de todos modos, soy demasiado débil para que sirva de algo?
            Sé lo que son esas preguntas: excusas. «La razón humana es capaz de disculpar cualquier maldad; por eso es tan importante que no confiemos en ella.» Son las palabras de mi padre.
            Christina sube el brazo e intenta aferrarse al pasamanos. Aunque nadie más la anima, Al junta sus enormes manos y grita sin dejar de mirarla a los ojos. Ojalá fuese capaz de imitarlo: ojalá pudiera moverme. Sin embargo, me quedo mirándola y me pregunto desde hace cuanto soy tan egoísta que soy asco.
            Miro el reloj de Al: has pasado cuatro minutos. Me da un codazo en el hombro.
            —Vanos —digo, susurrando; me aclaro la garganta—. Queda un minuto —añado, esta vez más alto.
            La otra mano de Christina logra agarrarse de nuevo a la barandilla. Le tiemblan tanto los brazos que me pregunto si es que se está produciendo un terremoto que me altera la visión y yo no me he dado cuenta.
            LA ayudaré. Si se resbala de nuevo, la ayudaré.
            Otra ola de agua se estrella contra la espalda de Christina, que grita cuando las dos manos se le resbalan de la barandilla. Grito, aunque suena como si fuera otra persona.
            Sin embargo, no se cae, se agarra a los barrotes. Se le resbalan los dedos por el metal hasta que ya no puedo verle la cabeza; solo los dedos.
            El reloj de Al marca cinco minutos.
            —Ya han pasado los cinco minutos —dice, casi escupiendo las palabras a Eric.
            Eric mira su propio reloj, se toma un tiempo, gira la muleca y, mientras tanto, noto retortijones en el estómago y soy incapaz de respirar.Cuando parpadeo miro a la hermana de Rita en el pavimento, bajo las vías del tren, con las extremidades torcidas; ver a Rita gritando y llorando; me veo a mi misma dando media vuelta.
            —Vale —dice Eric—. Puedes subir, Christina.
            Al se acerca a la barandilla.
            —No —le detiene Eric—. Puede subir, Christina.
            —No, no tiene que hacerlo sola —gruñe Al—. Ha hecho lo que le has pedido. No es una cobarde, ha hecho lo que le has pedido.
            Eric no responde. Al baja un brazo por la barrera y es tan alto que logra llegar a la muñeca de Christina. Ella se agarra a su antebrazo y Al tira de ella, rojo de frustración. Corro a ayudarle. Aunque soy demasiado baja para servir de algo, como sospechaba, sujeto a mi amiga por el hombro cuando llega a la altura adecuada, y Al y yo la pasamos por encima de la barandilla. Christina cae al suelo con la cara todavía ensangrentada por la pelea, la espalda empapada y el cuerpo temblando.

            Me arrodillo a su lado. Me mira a los ojos, mira a Al, y los tres recuperamos el aliento.

Capitulo 10

            ESA NOCHE sueño que Christina está colgada de nuevo de la barandilla, esta vez por los pies, y que alguien grita que solo un divergente puede ayudarla. Así que corro para tirar de ella, pero alguien me empuja por el borde y me despierto antes de darme contra las rocas.
            Empapada en sudor y temblorosa por culpa del sueño, me acerco al baño de las chicas para ducharme y cambiarme. Cuando vuelvo, alguien ha pintado con espray rojo la palabra «Estirada» en mi colchón. También lo han escrito con letras más pequeñas en el cabecero y en la almohada. Miro a mi alrededor; el corazón me late con fuerza de la rabia.
            Peter está detrás de mí, silbando mientras ahueca su almohada. Cuesta creer lo mucho que se puede odiar a alguien que parece tan amable; las cejas se le arquean de manera natural, y tiene una sonrisa amplia y blanca.
            —Bonita decoración —comenta.
            —¿Te he hecho algo de lo que no sea consciente? —pregunto; agarro la esquina de una sábana y la arranco del colchón—. No sé si te habrás dado cuenta, pero ahora estamos en la misma facción.
            —No sé de qué me hablas —responde en tono alegre antes de mirarme—. Y tú y yo nunca estaremos en la misma facción.
            Sacudo la cabeza mientras le quito la funda a la almohada. «No te enfades», me digo. Él quiere que me altere; no lo conseguirá. A pesar de todo, cada vez que ahueca la almohada pienso en darle un puñetazo en la barriga.
            Al entra y ni siquiera tengo que pedirle que me ayude; se limita a acercarse y ponerse a quitar las sábanas conmigo. Después habrá que restregar el cabecero. Al se lleva la pila de sábanas a la basura y después vamos juntos a la sala de entrenamiento.
            —No le hagas caso —comenta—. Es un idiota y, si no te enfadas, al final parará.
            —Sí —respondo, tocándome las mejillas, que siguen calientes después de haberse puesto rojas de rabia; intento distraerme—. ¿Has hablado con Will? —pregunto en voz baja—. Después de…, ya sabes.
            —Sí, está bien, no está enfadado —responde él, suspirando—. Ahora siempre me recordarán como el primer tío que dejó K.O. a alguien.
            —Hay peores formas de ser recordado. Al menos, no te fastidiarán.
            —También hay mejores formas —dice; sonríe y me da un codazo—. Primera saltadora.
            Aunque puede que fuera la primera saltadora, sospecho que ahí es donde empieza y acaba mi fama en Osadía.
            Me aclaro la garganta.
            —Uno de los dos tenía que acabar en el suelo, ya lo sabes. Si no hubiera sido él, habrías sido tú.
            —De todos modos, no quiero volver a hacerlo —afirma, sacudiendo la cabeza demasiadas veces, demasiado deprisa; se sorbe los mocos—. De verdad que no.
            —Pero tienes que hacerlo —respondo cuando llegamos a la puerta de la sala de entrenamiento.
            Tiene una cara amable; quizá sea demasiado amable para Osadía.
            Cuando entro, miro la pizarra. Ayer no tuve que luchar, pero hoy seguro que sí. Al ver mi nombre, me paro a media zancada.
            Lucho contra Peter.
            —Oh, no —dice Christina, que entra detrás de nosotros, arrastrando los pies.
            Tiene la cara amoratada y parece que intenta no cojear; cuando ve la pizarra, hace una bola con el envoltorio de magdalena que lleva en la mano.
            —¿Van en serio? —pregunta—. ¿De verdad esperan que luches contra él?
            Peter es casi treinta centímetros más alto que yo, y, ayer, venció a Drew en menos de cinco minutos. Hoy, la cara de Drew es más negra y azulada que color carne.
            —Quizá puedas dejar que te dé unas cuantas veces y fingir desmayarte —sugiere Al—. Nadie te culparía.
            —Sí, puede —respondo.
            Me quedo mirando mi nombre en la pizarra y vuelvo a notar calor en las mejillas. Al y Christina solo intentan ayudar, pero me preocupa el hecho de que no crean ni por una milésima de segundo que tengo posibilidades contra Peter.
            Me quedo a un lado de la sala, medio escuchando su cháchara y observando a Molly luchar contra Edward. Él es mucho más rápido que ella, así que seguro que Molly no ganará esta vez.
            Conforme avanza la pelea y se me pasa el enfado, empiezo a ponerme nerviosa. Cuatro nos dijo ayer que aprovecháramos las debilidades de nuestros adversarios, y, aparte de su absoluta falta de características agradables, Peter no tiene ninguna. Es lo bastante alto como para ser fuerte, pero no tanto como para resultar lento; se le da bien localizar los puntos débiles de los demás; es cruel y no mostrará piedad alguna. Aunque me gustaría decir que me subestima, lo cierto es que mentiría: soy tan poco hábil como sospecha.
            Quizá Al tenga razón, quizá deba dejar que me golpee unas cuantas veces y fingir desmayarme.
            Sin embargo, no me puedo permitir no intentarlo, acabaría la última.
            Cuando Molly consigue levantarse del suelo, medio consciente gracias a Edward, me late tan deprisa el corazón que lo noto bajo la punta de los dedos. No recuerdo cómo levantarme. No recuerdo cómo golpear. Me acerco al centro de la arena y se me encoge el estómago cuando veo a Peter caminar hacia mí, más alto de lo que recordaba y con los músculos en posición de firmes. Me sonríe. Me pregunto si me servirá de algo vomitarle encima.
            Lo dudo.
            —¿Estás bien, estirada? Pareces a punto de llorar. A lo mejor no te doy fuerte si lloras.
            Veo a Cuatro por encima del hombro de Peter, de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados. Tiene los labios fruncidos, como si acabara de tragar algo ácido. A su lado está Eric, que da golpecitos con el pie en el suelo a una velocidad mayor que la de mi corazón.
            Primero estamos los dos de pie, mirándonos y, un segundo después, Peter se lleva las manos a la altura de la cara, dobla los codos y hace lo mismo con las rodillas, como si estuviera listo para saltar.
            —Venga, estirada —dice; le brillan los ojos—. Solo una lagrimita. O suplicar un poco.
            La idea de suplicar a Peter hace que me suba la bilis y, siguiendo un impulso, le doy una patada en el costado… o se la habría dado si no me hubiera agarrado el pie para tirar de él y derribarme. Me doy de espaldas contra el suelo, libero el pie y me levanto como puedo.
            Tengo que permanecer de pie para que no pueda darme una patada en la cabeza; es en lo único que puedo pensar.
            —Deja de jugar con ella —suelta Eric—. No tengo todo el día.
            La mirada traviesa de Peter desaparece. Mueve el brazo, y el dolor me apuñala la mandíbula y se me extiende por la cara, haciendo que lo vea todo negro por los bordes y que me piten los oídos. Parpadeo y me tambaleo con el movimiento de la habitación. No recuerdo haber visto venir su puño.
            Estoy demasiado desequilibrada para hacer otra cosa que no sea apartarme de él todo lo que me permite la arena. Él corre hasta ponerse delante de mí y me da una fuerte patada en el estómago. Su pie me deja sin aliento y duele, duele tanto que no puedo respirar, o quizá eso sea por la patada, no lo sé. El caso es que me caigo.
            Lo único que me pasa por la cabeza es: «Levántate». Lo hago, pero Peter ya está allí. Me agarra por el pelo con una mano y me da un puñetazo en la nariz con la otra. Este dolor es distinto, menos como una puñalada y más como un crujido, un crujido en el cerebro que me hace ver muchos colores: azul, verde, rojo… Intento apartarlo, le doy con las manos en los brazos y él vuelve a pegarme, esta vez en las costillas. Tengo la cara mojada. Me sangra la nariz. Más rojo, supongo, aunque estoy demasiado mareada para bajar la vista.
            Me empuja, caigo otra vez y me araño las manos en el suelo. Parpadeo, me cuesta moverme, soy lenta y noto calor. Toso y me arrastro hasta ponerme en pie. La verdad es que debería quedarme tumbada, teniendo en cuenta las vueltas que me da la sala. Y Peter también da vueltas a mi alrededor; soy el centro de un planeta que gira en torno a sí mismo, lo único que no se mueve. Algo me da en el costado y estoy a punto de caer de nuevo.
            «Levántate, levántate.»
            Veo una masa sólida delante de mí, un cuerpo. Golpeo lo más fuerte que puedo y mi puño da contra algo blando. Peter apenas gruñe y me pega en la oreja con la palma de la mano mientra se ríe entre dientes. Oigo un pitido e intento parpadear para librarme de los puntos negros de los ojos; ¿cómo se me ha metido algo dentro?
            Por el rabillo del ojo veo que Cuatro abre la puerta y sale. Al parecer, esta pelea no le interesa lo suficiente, o puede que vaya a averiguar por qué todo da vueltas como una peonza, y no lo culpo: a mí también me gustaría saberlo.
            Me ceden las rodillas y noto el suelo frío bajo la mejilla. Algo me golpea el costado y grito por primera vez, un chillido agudo que pertenece a otra persona, no a mí, y algo vuelve a golpearme en el costado y ya no puedo ver nada, ni siquiera lo que tengo delante de la cara, la oscuridad.
            —¡Suficiente! —grita alguien, y yo pienso: «Demasiado y nada en absoluto».
            Cuando me despierto no siento mucho, aunque noto dormido el interior de la cabeza, como si estuviera lleno de bolitas de algodón.
            Sé que perdí, y lo único que mantiene el dolor a raya es lo que hace que me cueste pensar con claridad.
            —¿Todavía tiene el ojo negro? —pregunta alguien.
            Abro un ojo; el otro permanece cerrado, como si me hubieran echado pegamento. Will y Al están sentados a mi derecha; Christina está sentada en la cama, a mi izquierda, con una bolsa de hielo sobre la mandíbula.
            —¿Qué te ha pasado en la cara? —pregunto; noto los labios torpes y demasiado grandes.
            —Mira quién habla —responde ella, entre risas—. ¿Te buscamos un parche?
            —Bueno, ya sé qué le pasó a mi cara. Estaba allí. Más o menos.
            —¿Acabas de hacer un chiste, Tris? —dice Will, sonriendo—. Deberíamos ponerte hasta arriba de analgésicos más a menudo, si así vas a ponerte a hacer bromas. Ah, y, en respuesta a tu pregunta: le di una paliza.
            —No puedo creerme que no pudieras con Will —comenta Al, sacudiendo la cabeza.
            —¿Qué? Es bueno —responde ella, encogiéndose de hombros—. Además, creo que por fin he aprendido a dejar de perder. Solo necesito evitar que la gente me dé puñetazos en la mandíbula.
            —Bueno, lo suyo sería que te hubieras dado cuenta desde el principio —le dice Will, guiñándole un ojo—. Ahora sé por qué no estás en Erudición. No eres muy lista, ¿eh?
            —¿Te sientes bien, Tris? —pregunta Al.
            Tiene los ojos castaño oscuro, casi del mismo color que la piel de Christina, y las mejillas se le ven ásperas. Da la sensación de que tendría una barba espesa si no se afeitara. Cuesta creer que solo tenga dieciséis años.
            —Sí —respondo—. Solo desearía poder quedarme aquí para siempre. Así no tendría que volver a ver a Peter.
            Pero no sé dónde es «aquí». Estoy en una habitación grande y estrecha en la que hay una hilera de camas a cada lado. Algunas tienen cortinas. A la derecha del cuarto hay un puesto de enfermería. Debe de ser el sitio al que van los de Osadía cuando están enfermos o heridos. La mujer del puesto nos mira por encima de una tablilla con hojas. Nunca había visto a una enfermera con tantos piercings en la oreja. Algunos osados deben de presentarse voluntarios para hacer trabajos que, por tradición, realizan otras facciones. Al fin y al cabo, no tendría mucho sentido que alguien de aquí fuese hasta el hospital de la ciudad cada vez que se hace daño.
            La primera vez que fui al hospital tenía seis años. Mi madre se había caído en la acera, delante de casa, y se había roto un brazo. Oír sus gritos me hizo romper a llorar, pero Caleb corrió a por mi padre sin decir palabra. En el hospital, una mujer de Cordialidad que tenía las uñas muy limpias y vestía una camiseta amarilla tomó la presión a mi madre y le colocó el hueso sin dejar de sonreír.
            Recuerdo que Caleb le contó que solo tardaría un mes en curarse porque era una fractura fina. Creía que lo decía para tranquilizarla, porque eso hacen las personas altruistas, pero ahora me pregunto si no estaría repitiendo algo que había estudiado; si todas sus tendencias abnegadas no serían más que rasgos de Erudición disfrazados.
            —No te preocupes por Peter —dice Will—. Al menos Edward le dio una paliza. Ese chico lleva practicando combate cuerpo a cuerpo desde que tenía diez años. Por diversión.
            —Bien —dice Christina, mirando la hora—. Nos vamos a perder la cena. ¿Quieres que nos quedemos, Tris?
            —Estoy bien —respondo, sacudiendo la cabeza.
            Christina y Will se levantan, pero Al les hace un gesto para que vayan por delante. Tiene un olor muy característico, dulce y fresco, como a salvia y hierba limón. Cuando se mueve por la noche, me llega su aroma y sé que tiene una pesadilla.
            —Solo quería decirte que te has perdido el anuncio de Eric: mañana vamos de excursión a la valla, a aprender cosas sobre los distintos trabajos de Osadía. Tenemos que estar en el tren a las ocho y cuarto.
            —Bien, gracias.
            —Y no hagas caso a Christina. Tu cara no está tan mal —afirma, sonriendo un poco—. Bueno, quiero decir que está bien, que siempre está bien. Quiero decir… Pareces valiente. Osada.
            Sus ojos pasan rozando los míos, y se rasca la parte de atrás de la cabeza. El silencio crece entre nosotros. A pesar de haber dicho una cosa bonita, actúa como si significara algo más de lo que expresaban sus palabras, aunque espero equivocarme. Nunca me atraerá Al, no podría atraerme una persona tan frágil. Sonrío todo lo que me permite mi mejilla amoratada, con la esperanza de disipar la tensión.
            —Debería dejarte descansar —dice, y se levanta para marcharse, pero, antes de que lo haga, lo agarro por la muñeca.
            —Al, ¿estás bien? —pregunto; se me queda mirando, inexpresivo, y añado—: Es decir, ¿te resulta ya más fácil?
            —Bueno…, un poco —responde, encogiéndose de hombros.
            Se suelta y mete la mano en el bolsillo. La pregunta debe de haberlo avergonzado, porque nunca lo había visto tan rojo. Si yo me pasara las noches sollozando en la almohada, también me avergonzaría un poco. Al menos yo sé cómo disimular cuando lloro.
            —Perdí con Drew después de que tú perdieras con Peter —comenta, mirándome—. Recibí unos cuantos golpes, caí y me quedé en el suelo, aunque no tenía por qué hacerlo. Supongo… Supongo que, como derribé a Will, si pierdo con todos los demás no acabaré el último, y así no tendré que volver a hacer daño a nadie.
            —¿Es eso lo que quieres?
            —Es que no puedo hacerlo —responde, bajando la mirada—. Quizá signifique que soy un cobarde.
            —No eres un cobarde simplemente por no querer hacer daño a los demás —respondo, porque sé que es lo correcto, aunque no estoy segura de pensarlo realmente.
            Los dos guardamos silencio un momento, mirándonos. Quizá sí que lo piense. Si es un cobarde, no es porque no disfrute causando dolor, sino porque se niega a actuar.
            —¿Crees que nos visitarán nuestras familias? —pregunta con cara de pena—. Dicen que las familias de los trasladados nunca aparecen el Día de Visita.
            —No lo sé —respondo—. No sé si sería bueno o malo que vinieran.
            —Creo que malo —dice, asintiendo con la cabeza—. Sí, ya es difícil de por sí.
            Vuelve a asentir, como si confirmara lo que ha dicho, y se aleja.
            En menos de una semana, los iniciados de Abnegación podrán visitar a sus familias por primera vez desde la Ceremonia de la Elección. Se irán a casa, se sentarán en sus salas de estar e interactuarán con sus padres como adultos por primera vez.
            Antes esperaba con ansia ese día; pensaba en qué les diría cuando me permitieran hacerles preguntas en la mesa.
            En menos de una semana, los iniciados nacidos en Osadía se encontrarán con sus familias en el Pozo o en el edificio de cristal sobre el complejo y harán lo que hagan los de Osadía cuando se reúnen. Quizá se turnen para lanzarse cuchillos a la cabeza, no me sorprendería.
            Y los iniciados trasladados con padres comprensivos también podrán volver a verlos. Sospecho que los míos no estarán entre ellos, no después del grito de rabia de mi padre en la ceremonia. No después de que sus dos hijos los abandonaran.
            A lo mejor me habrían comprendido de haber podido contarles que era una divergente y que no sabía bien qué elegir. A lo mejor me habrían ayudado a averiguar qué es un divergente y qué significa, y por qué es peligroso. Pero no les confié mi secreto, así que nunca lo sabré.
            Aprieto los dientes cuando noto llegar las lágrimas. Estoy harta, estoy harta de lágrimas y debilidad, aunque no hay mucho que pueda hacer para evitarlas.

            Quizá durmiera o quizá no. Sin embargo, aquella misma noche, más tarde, salí del cuarto y volví al dormitorio. Lo único peor que permitir que Peter me metiera en el hospital era permitir que me dejara allí dentro una noche entera.

Capitulo 11

            A LA MAÑANA siguiente no oigo la alarma, los pies que se arrastran ni las conversaciones de los otros iniciados que se preparan para salir. Me despierto cuando Christina me sacude el hombro con una mano y me da en la mejilla con la otra. Ya se ha puesto una chaqueta negra con la cremallera subida hasta el cuello. Si tiene moratones de la pelea de ayer, su piel oscura hace que resulte difícil verlos.
            —Vamos, a por ellos —me dice.
            He soñado que Peter me ataba a una silla y me preguntaba si era divergente. Yo respondía que no, y él me golpeaba hasta que decía que sí. Me he despertado con las mejillas mojadas.
            Quería decir algo, pero solo consigo gruñir. Me duele tanto el cuerpo que me cuesta hasta respirar, y no ayuda que el ataque de llanto de esta noche me haya hinchado los ojos. Christina me ofrece una mano.
            El reloj marca las ocho; se supone que tenemos que estar en las vías a las ocho y cuarto.
            —Iré corriendo a por el desayuno para las dos. Tú… prepárate. Parece que vas a tardar un poco.
            Gruño. Intentando no doblar la cintura, rebusco en el cajón de debajo de la cama hasta que encuentro una camiseta limpia. Por suerte, Peter no está aquí para verme; cuando Christina se va, el dormitorio se queda vacío.
            Me desabrocho la camisa y me quedo mirando el costado, que está salpicado de moratones. Durante un segundo me quedo hipnotizada con los colores: verde brillante, azul intenso y marrón. Me cambio lo más deprisa que puedo y me dejo el pelo suelto porque no consigo levantar los brazos lo suficiente para recogerlo.
            Me miro en el espejito de la pared de atrás y veo a una desconocida. Es rubia, como yo, con una cara delgada, como la mía, pero ahí termina el parecido. Yo no tengo un ojo negro, ni un labio partido, ni una mandíbula amoratada. Yo no estoy blanca como la pared. Es imposible que esa chica sea yo, aunque nos movamos a la vez.
            Cuando llega Christina con una magdalena en cada mano, yo estoy sentada en el borde de la cama mirándome los zapatos. Tendré que agacharme para atar los cordones. Me dolerá cuando me agache.
            Sin embargo, Christina me pasa una magdalena y se agacha delante de mí para atarme los cordones. Noto en el pecho una punzada de gratitud, de calor y algo parecido al dolor; quizá todos llevemos dentro un abnegado, aunque no lo sepamos.
            Bueno, todos salvo Peter.
            —Gracias.
            —Bueno, no vamos a llegar a tiempo si te los atas tú —responde—. Venga. Puedes comer y caminar a la vez, ¿no?
            Caminamos a toda prisa hacia el Pozo. La magdalena es de plátano y nueces. Mi madre hacía este tipo de cosas para los abandonados, pero nunca llegué a probarlas, en esos momentos ya era demasiado mayor para mimos. Sin hacer caso del pellizco de dolor que noto en el estómago cada vez que pienso en mi madre, voy medio corriendo, medio andando detrás de Christina, que se olvida de que sus piernas son más largas que las mías.
            Subimos los escalones que llevan del Pozo al edificio de cristal que hay encima y corremos hacia la salida. Cada vez que piso el suelo noto una puñalada en las costillas, pero no le presto atención. Llegamos a las vías justo cuando aparece el tren, haciendo sonar el claxon.
            —¿Por qué habéis tardado tanto? —grita Will.
            —La señorita piernas cortas se ha transformado en una ancianita de la noche a la mañana —responde Christina.
            —Cállate ya —le digo, medio en broma.
            Cuatro está delante del grupo, tan cerca de las vías que, si se mueve un par de centímetros, el tren le arrancará la nariz. Da un paso atrás para dejar que algunos de los otros suban primero. Will se sube al vagón sin mayor dificultad, aterriza sobre el estómago y arrastra las piernas hasta el interior. Cuatro se agarra al asidero del lateral del vagón y se impulsa con elegancia, como si no tuviera que llevar consigo más de metro ochenta de cuerpo.
            Corro junto al vagón con una mueca en la cara, aprieto los dientes y me agarro al asidero del lateral. Esto va a doler.
            Al me sujeta bajo cada brazo y me mete en el vagón como si no pesara nada. Me duele el costado, aunque solo un segundo. Veo a Peter detrás de él y me pongo roja. Al intentaba ser amable, así que le sonrío, aunque me gustaría que los demás no quisieran ser tan amables conmigo. Como si Peter no tuviera ya suficiente munición…
            —¿Cómo va eso? —pregunta Peter, fingiendo simpatía: los labios torcidos hacia abajo, las cejas arqueadas y juntas—. ¿O notas los músculos un poco… estirados?
            Se ríe de su propia broma, y Molly y Drew lo imitan. Molly tiene una risa fea, llena de ronquidos y movimientos de hombros, y Drew ríe en silencio, casi como si le doliera algo.
            —Tu increíble ingenio nos tiene asombrados a todos —comenta Will.
            —Sí, ¿seguro que no deberías estar con los de Erudición, Peter? —añade Christina—. He oído que no les importa aceptar a los gallinas.
            Cuatro, que está junto a la puerta, habla antes de que Peter pueda responder.
            —¿Voy a tener que aguantar vuestras tonterías hasta que lleguemos a la valla?
            Todos se callan, y Cuatro se vuelve hacia el exterior. Se sujeta a los asideros de ambos lados con los brazos extendidos y se inclina hacia delante de modo que su cuerpo quede prácticamente fuera del vagón, aunque tenga los pies dentro. El viento le aprieta la camiseta contra el pecho. Intento mirar más allá de él para ver el paisaje: un mar de edificios en ruinas y abandonados que se hacen cada vez más pequeños.
            Sin embargo, cada pocos segundos vuelvo a mirar a Cuatro. No sé qué espero ver o qué me gustaría ver, si es que espero o quiero ver algo, pero lo hago sin pensar.
            —¿Qué crees que habrá ahí fuera? —pregunto a Christina, señalando a la puerta—. Vamos, al otro lado de la valla.
            —Supongo que unas cuantas granjas —responde, encogiéndose de hombros.
            —Sí, pero me refiero a… más allá de las granjas. ¿De qué protegemos a la ciudad?
            —¡De monstruos! —responde, moviendo los dedos delante de mi cara.
            Pongo los ojos en blanco.
            —No hemos tenido guardias cerca de la valla hasta hace cinco años —dice Will—. ¿No recuerdas que los polis de Osadía patrullaban el sector de los abandonados?
            —Sí —respondo.
            También recuerdo que mi padre fue uno de los que votó a favor de que los osados dejaran el sector de los abandonados. Decía que los pobres no necesitaban policías, sino ayuda, y eso se lo podíamos dar nosotros. Pero no quiero mencionarlo ahora, ni aquí. Es una de las muchas cosas que los de Erudición usan para probar la incompetencia de los abnegados.
            —Oh, claro —comenta Will—, supongo que los verías mucho.
            —¿Por qué lo dices? —pregunto, quizá con un tono demasiado cortante, ya que no quiero que me asocien demasiado con los abandonados.
            —Porque tenías que pasar por ese sector para ir a clase, ¿no?
            —¿Qué hiciste? ¿Memorizar el mapa de la ciudad por gusto? —pregunta Christina.
            —Sí —responde él, perplejo—. ¿Tú no?
            El tren frena con un chirrido y todos caemos hacia delante con el cambio de velocidad. Me alegro del movimiento, hace que me resulte más fácil levantarme. Los edificios destartalados han desaparecido, solo vemos campos amarillos y vías. El tren se detiene bajo un toldo. Me apeo y piso la hierba sujetándome al asidero para no caerme.
            Delante de mí hay una valla metálica con alambre de espino encima. Cuando empiezo a caminar me doy cuenta de que se pierde a lo lejos, perpendicular al horizonte. Más allá hay un grupo de árboles, casi todos muertos, algunos verdes. Arremolinados al otro lado de la valla hay unos cuantos guardias armados de Osadía.
            —Seguidme —dice Cuatro.
            Me quedo cerca de Christina. No quiero reconocerlo, ni siquiera a mí misma, pero me siento más tranquila a su lado. Si Peter intenta provocarme, ella me defenderá.
            Me regaño en silencio por ser tan cobarde. Los insultos de Peter no deberían preocuparme, debería concentrarme en mejorar en combate, no en lo mal que lo hice ayer. Además, aunque no sea capaz de lograrlo, debería estar por lo menos dispuesta a defenderme, en vez de confiar en que los demás lo hagan por mí.
            Cuatro nos conduce a la puerta, que es tan ancha como una casa y se abre a la carretera agrietada que conduce a la ciudad. Cuando vine aquí con mi familia, de pequeña, fuimos en un autobús por esta carretera más allá, hasta las granjas de Cordialidad, donde pasamos el día recolectando tomates y sudando a chorros.
            Otro pellizco en el estómago.
            —Si no quedáis entre los cinco primeros al final de la iniciación, seguramente acabaréis aquí —explica Cuatro al llegar a la puerta—. Una vez que te conviertes en guardia, hay posibilidades de ascender, pero no muchas. Puede que vayáis de patrulla más allá de las granjas de Cordialidad, pero…
            —¿Qué objetivo tienen las patrullas? —pregunta Will.
            —Supongo que lo descubrirás si te encuentras en una de ellas —responde Cuatro, encogiéndose de hombros—. Como iba diciendo, normalmente, los que de jóvenes vigilan la valla siguen haciéndolo hasta el final. Si eso os consuela, algunos insisten en que no es tan malo como parece.
            —Sí, al menos no conduciremos autobuses ni limpiaremos la porquería de los demás, como los abandonados —me susurra Christina al oído.
            —¿Cuál fue tu puesto en la clasificación? —pregunta Peter a Cuatro.
            Aunque esperaba que no contestase, el instructor mira a los ojos a Peter y responde:
            —Fui el primero.
            —¿Y elegiste hacer esto? —pregunta de nuevo Peter, con ojos como platos, redondos y verde oscuro; me parecerían inocentes si no supiera lo mala persona que es—. ¿Por qué no fuiste a trabajar para el gobierno?
            —No quise —responde él sin más.
            Recuerdo lo que dijo el primer día, lo de trabajar en la sala de control, desde la que los osados supervisan la seguridad de la ciudad. Me resulta difícil imaginarlo allí, rodeado de ordenadores. En mi opinión, su sitio está en la sala de entrenamiento.
            En el colegio nos enseñan cuáles son los trabajos de las facciones. Los de Osadía tienen unas opciones muy limitadas: podemos proteger la valla o trabajar en la seguridad de la ciudad; podemos trabajar en el complejo de Osadía haciendo tatuajes, fabricando armas o incluso luchando entre nosotros por diversión; o podemos trabajar para los líderes de la facción. Me parece la alternativa más viable.
            El único problema es que mi puesto en la clasificación es horrible y podría quedarme sin facción al final de la primera etapa.
            Nos detenemos al lado de la puerta, y unos cuantos guardias nos miran, aunque no muchos; están demasiado ocupados tirando de las puertas (que son el doble de altas que ellos y varias veces más anchas) para dejar pasar un camión.
            El hombre que lo conduce tiene sombrero, barba y esboza una sonrisa. Se detiene al entrar y sale del vehículo. La parte de atrás está abierta, y en ella, sobre las pilas de cajas, van sentados unos cuantos cordiales. Me asomo a las cajas: llevan manzanas.
            —¿Beatrice? —dice un chico de Cordialidad.
            Me vuelvo al oír mi nombre. Uno de los cordiales del camión se levanta, tiene pelo rubio rizado y una nariz familiar, ancha en la punta y estrecha en el puente: Robert. Intento recordarlo en la Ceremonia de la Elección y no me viene nada a la cabeza salvo lo mucho que me palpitaban los oídos. ¿Quién más se trasladó? ¿Susan? ¿Habrá algún iniciado de Abnegación este año? Si Abnegación se consume es culpa nuestra, de Robert, de Caleb y mía. Mía. Me quito la idea de la cabeza.
            Robert salta del camión. Lleva una camiseta gris y unos vaqueros azules. Tras un segundo de vacilación, se acerca y me abraza. Me pongo rígida, solo los de Cordialidad se abrazan para saludarse. No muevo ni un músculo hasta que me suelta.
            Se le desdibuja la sonrisa cuando vuelve a mirarme.
            —Beatrice, ¿qué te ha pasado? ¿Qué le ha pasado a tu cara?
            —Nada, es el entrenamiento. Nada.
            —¿Beatrice? —repite una voz gangosa a mi lado; es Molly, que se cruza de brazos y se ríe—. ¿Ese es tu verdadero nombre, estirada?
            —¿De dónde creías que venía Tris? —respondo, mirándola.
            —Ah, no sé…, ¿de enclenque? —pregunta, y se lleva la mano a la barbilla; si su barbilla fuera más grande, compensaría el tamaño de su nariz, pero es pequeña y prácticamente retrocede hasta su cuello—. No, espera, eso no empieza por Tris, perdona.
            —No es necesario molestarla —dice Robert con voz tranquila—. Soy Robert, ¿y tú?
            —Alguien a quien no le importa tu nombre —responde ella—. ¿Por qué no vuelves a tu camión? Se supone que no debemos confraternizar con los miembros de las otras facciones.
            —¿Y por qué no te largas tú? —le suelto.
            —Claro, no quiero interponerme entre tu novio y tú —responde, y se marcha sonriendo.
            —No parecen muy simpáticos —comenta Robert, mirándome con cara de tristeza.
            —Algunos no lo son.
            —Podrías volver a casa, ¿sabes? Seguro que Abnegación haría una excepción contigo.
            —¿Y qué te hace pensar que quiero volver a casa? —pregunto, con las mejillas rojas—. ¿Crees que no soy capaz de soportar esto o qué?
            —No es eso —responde, sacudiendo la cabeza—. No es que no puedas, es que no deberías tener que hacerlo. Deberías ser feliz.
            —Esto es lo que he elegido. Esto.
            Miro por encima del hombro de Robert. Los guardias de Osadía parecen haber terminado de examinar el camión. El hombre barbudo vuelve a sentarse en el asiento del conductor y cierra la puerta.
            —Además, Robert, mi objetivo en la vida no es simplemente… ser feliz.
            —Vale, pero ¿no sería más fácil?
            Antes de poder responder, me toca el hombro y se vuelve hacia el camión. Una de las chicas tiene un banjo en el regazo y se pone a tocarlo mientras Robert sube. Después, el camión arranca y se lleva consigo los sonidos del banjo y los gorgoritos de la chica.
            Robert se despide con la mano, y de nuevo me imagino otra posible vida: me veo en la parte de atrás del camión, cantando con la chica, aunque no he cantado jamás, riéndome cuando desafino, subiendo a los árboles para recolectar las manzanas, siempre en paz y siempre a salvo.
            Los guardias cierran la puerta y la bloquean. El cerrojo está en el exterior. Me muerdo el labio. ¿Por qué la querrán cerrar desde fuera y no desde dentro? Más que evitar que entre algo, es como si no quisieran que saliéramos.
            Me quito la idea de la cabeza porque no tiene sentido.
            Cuatro se aleja de la valla, donde estaba hablando con una guardia que se apoyaba el arma en el hombro.
            —Me preocupa que tengas cierta tendencia a tomar malas decisiones —comenta cuando llega a medio metro de mí.
            —Ha sido una conversación de dos minutos —respondo, cruzándome de brazos.
            —No creo que por ser más corta resulte menos mala.
            Frunce el ceño y me toca el rabillo del ojo morado con la punta de los dedos. Echo la cabeza atrás, pero no aparta la mano, sino que ladea la cabeza y suspira.
            —Si aprendieras a atacar primero, quizá lo harías mejor, ¿sabes?
            —¿Atacar primero? ¿Y de qué me va a servir?
            —Eres rápida. Si consigues dar unos cuantos golpes buenos antes de que sepan lo que está pasando, podrías ganar —responde; se encoge de hombros y deja caer la mano.
            —Me sorprende que lo sepas —comento en voz baja—, teniendo en cuenta que te largaste a la mitad de mi única pelea.
            —No era algo que deseara ver.
            «¿Qué se supone que significa eso?»
            —Parece que ya ha llegado el siguiente tren —añade, tras aclararse la garganta—. Hora de irse, Tris.